Me duelen los labios, los ojos y las manos, me duelen. Me duelen porque no te alcanzan. Es como si las palabras se hicieran cortas y las manos frías no alcanzaran para explicarte en base a señas cuanto quisiera decirte. Tus ojos están perdidos por otros lados, mientras los míos quieren descubrirte, quisieran asirte en una mirada.... perderse en la infinidad del instante.
Me duelen los labios, mientras siento ese frío recorrerlo todo, ese miedo enorme a la imposibilidad de detener el tiempo, ese miedo a descubrirme en tus ojos. Tengo miedo de lo evidente, del camino que no retrocede, del tiempo que avanza y de las constantes.
Tengo miedo como el miedo que no tenía desde que se puso el sol el martes de enero, ese miedo que te deja con la sonrisa en los labios como cuando leí su mail esa madrugada, ese miedo cuando descubrí que habían botado todos mis recuerdos y me quedaba sin un pasado.
Tengo miedo como cuando lo vi venir sonriente y apresurado a mi lado. Es ese miedo que te libera y te aprisiona como cuando me quedé sola y descubrí lo que me rompió en silencio y sin aspavientos en mil pedazos, el mismo miedo que sentí cuando lo que la experiencia dijo se iba cumpliendo y estaba trizada en esa cama con un vaso de jugo y un cuaderno sin lápiz.
Tengo ese miedo dulce de saber que las cosas están cambiando... ese dolor inevitable que produce la imposibilidad de hacer las cosas imposibles. El dolor que no se pasa ni con escribir, ni con hablar, ni con caminar, ni correr... es ese dolor que produce el correr después de comida, el dolor de la sonrisa no correspondida y de la despedida inevitable pero cierta.
Es ver como se va desgranando poco a poco el pasado y te sientes expuesta a la vida que no pasa, cuándo te das cuenta que en realidad todo ha sido un instante y no porque no fuese importante sino porque son resumibles en pocas palabras.
Y es el miedo de ver que todo se ha ido quedando atrás y de querer decirte tantas cosas con los labios sangrando, con la manos heladas y aureolas moradas, morderte disparejamente y con el pelo en los ojos, esconderme en el calor de la primavera bajo los chalecos deshilados y escribirte mil canciones llenas de falta de ortagrafía.
Quiero pegarme por ti y en ti, quiero sangrar, enfriarme, sonreirme y alcanzarte.
Quiero tener miedo por última vez.
Me duelen los labios, mientras siento ese frío recorrerlo todo, ese miedo enorme a la imposibilidad de detener el tiempo, ese miedo a descubrirme en tus ojos. Tengo miedo de lo evidente, del camino que no retrocede, del tiempo que avanza y de las constantes.
Tengo miedo como el miedo que no tenía desde que se puso el sol el martes de enero, ese miedo que te deja con la sonrisa en los labios como cuando leí su mail esa madrugada, ese miedo cuando descubrí que habían botado todos mis recuerdos y me quedaba sin un pasado.
Tengo miedo como cuando lo vi venir sonriente y apresurado a mi lado. Es ese miedo que te libera y te aprisiona como cuando me quedé sola y descubrí lo que me rompió en silencio y sin aspavientos en mil pedazos, el mismo miedo que sentí cuando lo que la experiencia dijo se iba cumpliendo y estaba trizada en esa cama con un vaso de jugo y un cuaderno sin lápiz.
Tengo ese miedo dulce de saber que las cosas están cambiando... ese dolor inevitable que produce la imposibilidad de hacer las cosas imposibles. El dolor que no se pasa ni con escribir, ni con hablar, ni con caminar, ni correr... es ese dolor que produce el correr después de comida, el dolor de la sonrisa no correspondida y de la despedida inevitable pero cierta.
Es ver como se va desgranando poco a poco el pasado y te sientes expuesta a la vida que no pasa, cuándo te das cuenta que en realidad todo ha sido un instante y no porque no fuese importante sino porque son resumibles en pocas palabras.
Y es el miedo de ver que todo se ha ido quedando atrás y de querer decirte tantas cosas con los labios sangrando, con la manos heladas y aureolas moradas, morderte disparejamente y con el pelo en los ojos, esconderme en el calor de la primavera bajo los chalecos deshilados y escribirte mil canciones llenas de falta de ortagrafía.
Quiero pegarme por ti y en ti, quiero sangrar, enfriarme, sonreirme y alcanzarte.
Quiero tener miedo por última vez.

1 comentario:
jesu me da cosita leerte así,
con miedo. a mi tb me da miedo, pero no se puede hacer mucho, no tenemos el reloj de Bernardo para detener el tiempo en los momentos 'lindos' (¡y cómo me gustaría!) ...hay que autoconvencerse de que todo pasa por algo, de que algo bueno se viene, porque lo bueno no puede durar tan poquitito, pq siento que no se alcanza a disfrutar, cuando ya se escapa todo de las manos... nada está bajo 'troncol'...es la única certeza
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