Ya la primavera no me sabe igual, tampoco mis manos, ni la universidad. Saben más dulce, más suave, se derriten como espuma de yogurth dulce en la boca. Boca que ya no pertenece al vacío de la espera, sino que te pertenece de manera extraña y suave.
La espera se ha vuelto dulce y salada como si la simple ausencia doliera por ser tu ausencia, por ser tu vacío doliente y suave, sin aspavientos, como si nacieras de esa espera exquisita de la carencia.
Porque te clavaste en el brazo, en el pecho, en el pensamiento. Te clavaste suavemente llenándolo todo, y cuando digo todo me refiero a eso que no conoces y que quizás conocerás, porque todo se vuelve nuevo, antes tus ojos porque me parece estar mirando todo a través de ellos.
Porque existes sólo en el pensamiento del instante que quiero compartirte sin que te vayas.
La espera se ha vuelto dulce y salada como si la simple ausencia doliera por ser tu ausencia, por ser tu vacío doliente y suave, sin aspavientos, como si nacieras de esa espera exquisita de la carencia.
Porque te clavaste en el brazo, en el pecho, en el pensamiento. Te clavaste suavemente llenándolo todo, y cuando digo todo me refiero a eso que no conoces y que quizás conocerás, porque todo se vuelve nuevo, antes tus ojos porque me parece estar mirando todo a través de ellos.
Porque existes sólo en el pensamiento del instante que quiero compartirte sin que te vayas.

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