Llegó a mis manos, por simple curiosidad, por esa imposibilidad de no leer lo que otros han dicho que es fantástico, que tiene buenas historias, que las palabras están puestas de tal manera que parece que la historia está escrita para ti.
Estaba gordo y usado, en esa feria que prometía y no era más que tres puestos de libros a buen precio. Como Rayuela, libro que prometía, que quería leerlo, que en el fondo no tenía mucho tema bueno, pero que había un nosequé en terminar de releerlo.
Cuando leí Rayuela, no lo leí como quién lee una historia que desconocía, sino que releía esa historia que de repente se vive. Esa historia que se quiere creer única, al igual que esos sentimientos que uno jura que nadie más los volverá a sentir ni los ha sentido, pero están ahí estampados en palabras, en historia que no son iguales, pero te podrían haber sucedido. Son historias que jamás suceden exteriormente, pero si de manera interna, la misma historia, el mismo cosquilleo, las mismas lágrimas mientras te hundes en la cama y viene su mano que se enreda en tu pelo, pero no es más que eso.
Yo tenía tanto de la Maga, y a la vez ella tanto de mi. Ese ser despistada y no molestarse en dejar de serlo, porque parece que la vida es más sencilla sin saber lo innecesario. Pero… ¡qué vacio en esa mesa en que todos lo saben!... y hay que preguntar y tratar de llenar esas lagunas de un conocimiento que crees inútil, pero en el fondo te fue inalcanzable. Y preguntas. Escuchas las respuestas, vas a opinar, pero ya ha pasado tu tiempo.
Oliveira sigue ahí y contesta, trata de asimilar tu pena, de entenderte, de intentar conocerte, de saber tus movimientos, porque le eres necesaria. Pero es simplemente eso … no eres amada. Eres cambiada fácilmente por una postituta y así vuelves, tú y él, nuevamente a la primera casilla de la Rayuela. Desciendes.
Al leerlo la vida me empieza a parecer un poco así, un constante tirar la piedrita avanzar una casilla, tirar la piedra y que salga afuera, entonces… error, te devuelves, pierdes tu turno. Y lloras y Rocamadour muere.
La piedra ha quedado afuera y no puedes avanzar, no eres capaz de dar el paso, crees que para llegar al 9, al cielo, debes volver a lo primero, y desciendes, botas los amigos, acabas con lo único que te da certeza y te dejas caer al número 1, como si la vida recién empezara, pero tratas de tirar la piedra; de salir de la primera casilla y no puedes, ahora pierdes tu turno, otro se adelantó la casilla está ocupada, como si el turno de la felicidad te hubiese sido arrebatado.
La Maga, me provocaba esa angustia de querer acabar ese libro, esa angustia de no poder gritarle que no era necesario permanecer como si nada, que aunque la resignación sabe mejor que la derrota, no valía la pena saber tan amargo, por no tomar la piedra y hacer una Rayuela al lado.
Leer Rayuela, era un ejercicio de masoquismo… era esa tristeza que se pega, pero aún así es inevitable…era leerse y releer la vida y creer por un instante que todo es simplemente producto del azar, que todos jugamos la misma Rayuela y muchas veces toca perder el turno.
Pero se termina con un gusto tan amargo,que entonces, tanta tristeza te parece imposible, aunque exista, no se puede vivir simplemente viendo si esta vez aciertas, si logras saltar de la casilla ocho….
Siempre fui tan Maga y hoy me parece que Talita tiene algo de mi, quizás esa alegría fresca y remolona de las dos de la tarde o esa seguridad de que el otro existe al lado tuyo y que no hay nada de que complicarse….Aparece Talita y viene a envolverlo todo ¡es tan Maga! pero tiene esa alegria de una resignación dulce, porque en el fondo son las mismas en la noche, porque cuándo Oliveira las mira por la ventana ahí están…
Hubiese querido ser Talita y no Maga en tantas historias, para que así al leerlo me hubiese dolido menos. Pero hoy la Maga existe, pero es más un fantasma que certeza.
Hoy se acabó la Rayuela y llegué a la casilla nueve. Si todo sale bien en uno de esos tiros le achuntó a la casilla siguiente.
No quise releerlo aunque la historia me quede inconclusa, no quise volver a escarbar en esas historias que eran tan de la Maga y tan mías, cómo si Cortázar supiese de que hablaba al escribir El amor esa palabra…
Porque el Amor, cuando deja de ser palabra parece que es más fácil saltar a la casilla 9, llegar al cielo, dejar de ser Maga, empezar a ser Talita... la Rayuela se acaba, pero para eso hay que avanzar todas las casillas. Pero saltar en un pie, muchas veces deja costras en las rodillas...
Estaba gordo y usado, en esa feria que prometía y no era más que tres puestos de libros a buen precio. Como Rayuela, libro que prometía, que quería leerlo, que en el fondo no tenía mucho tema bueno, pero que había un nosequé en terminar de releerlo.
Cuando leí Rayuela, no lo leí como quién lee una historia que desconocía, sino que releía esa historia que de repente se vive. Esa historia que se quiere creer única, al igual que esos sentimientos que uno jura que nadie más los volverá a sentir ni los ha sentido, pero están ahí estampados en palabras, en historia que no son iguales, pero te podrían haber sucedido. Son historias que jamás suceden exteriormente, pero si de manera interna, la misma historia, el mismo cosquilleo, las mismas lágrimas mientras te hundes en la cama y viene su mano que se enreda en tu pelo, pero no es más que eso.
Yo tenía tanto de la Maga, y a la vez ella tanto de mi. Ese ser despistada y no molestarse en dejar de serlo, porque parece que la vida es más sencilla sin saber lo innecesario. Pero… ¡qué vacio en esa mesa en que todos lo saben!... y hay que preguntar y tratar de llenar esas lagunas de un conocimiento que crees inútil, pero en el fondo te fue inalcanzable. Y preguntas. Escuchas las respuestas, vas a opinar, pero ya ha pasado tu tiempo.
Oliveira sigue ahí y contesta, trata de asimilar tu pena, de entenderte, de intentar conocerte, de saber tus movimientos, porque le eres necesaria. Pero es simplemente eso … no eres amada. Eres cambiada fácilmente por una postituta y así vuelves, tú y él, nuevamente a la primera casilla de la Rayuela. Desciendes.
Al leerlo la vida me empieza a parecer un poco así, un constante tirar la piedrita avanzar una casilla, tirar la piedra y que salga afuera, entonces… error, te devuelves, pierdes tu turno. Y lloras y Rocamadour muere.
La piedra ha quedado afuera y no puedes avanzar, no eres capaz de dar el paso, crees que para llegar al 9, al cielo, debes volver a lo primero, y desciendes, botas los amigos, acabas con lo único que te da certeza y te dejas caer al número 1, como si la vida recién empezara, pero tratas de tirar la piedra; de salir de la primera casilla y no puedes, ahora pierdes tu turno, otro se adelantó la casilla está ocupada, como si el turno de la felicidad te hubiese sido arrebatado.
La Maga, me provocaba esa angustia de querer acabar ese libro, esa angustia de no poder gritarle que no era necesario permanecer como si nada, que aunque la resignación sabe mejor que la derrota, no valía la pena saber tan amargo, por no tomar la piedra y hacer una Rayuela al lado.
Leer Rayuela, era un ejercicio de masoquismo… era esa tristeza que se pega, pero aún así es inevitable…era leerse y releer la vida y creer por un instante que todo es simplemente producto del azar, que todos jugamos la misma Rayuela y muchas veces toca perder el turno.
Pero se termina con un gusto tan amargo,que entonces, tanta tristeza te parece imposible, aunque exista, no se puede vivir simplemente viendo si esta vez aciertas, si logras saltar de la casilla ocho….
Siempre fui tan Maga y hoy me parece que Talita tiene algo de mi, quizás esa alegría fresca y remolona de las dos de la tarde o esa seguridad de que el otro existe al lado tuyo y que no hay nada de que complicarse….Aparece Talita y viene a envolverlo todo ¡es tan Maga! pero tiene esa alegria de una resignación dulce, porque en el fondo son las mismas en la noche, porque cuándo Oliveira las mira por la ventana ahí están…
Hubiese querido ser Talita y no Maga en tantas historias, para que así al leerlo me hubiese dolido menos. Pero hoy la Maga existe, pero es más un fantasma que certeza.
Hoy se acabó la Rayuela y llegué a la casilla nueve. Si todo sale bien en uno de esos tiros le achuntó a la casilla siguiente.
No quise releerlo aunque la historia me quede inconclusa, no quise volver a escarbar en esas historias que eran tan de la Maga y tan mías, cómo si Cortázar supiese de que hablaba al escribir El amor esa palabra…
Porque el Amor, cuando deja de ser palabra parece que es más fácil saltar a la casilla 9, llegar al cielo, dejar de ser Maga, empezar a ser Talita... la Rayuela se acaba, pero para eso hay que avanzar todas las casillas. Pero saltar en un pie, muchas veces deja costras en las rodillas...
